¿Trabajo o placer? En cualquier caso, activo, dinámico, divertido, abierto, algo loco a veces, pero sobre todo vivo. Devorador de comentarios de ti, lector y, ahora escritor, locuaz, sensato, equilibrado, atado por la locura, buscador de tesoros, amante de las sorpresas, emprendedor, luchador interior, enemigo de uno mismo. En suma, humano.
Hubiera escrito ayer pero al bajar la noche pintaba ya demasiado oscura y las agujetas pedían sofa y cena en lugar de computador.
Bajaba yo ayer domingo del tejado. Tengo la suerte de vivir en un edificio, llamemosle así, chulo, moderno, a cuyo tejado es fácil acceder y desde el se ve ese mundo oculto de ciudad, antes de barrio, que guarda Madrid en verano. Supongo que en invierno es lo mismo pero el clima se ocupa de esconderlo todo. Ayer, sin embargo, al atardecer mis pasos me guiaron inconscientemente hacia ese tejado, entre aparatos de aire acondicionado en el que se puede sentir el pálpito de la vecindad. Se pueden ver de lejos los pequeños patios, jardines interiores, algunas cuerdas con ropa tendida; se puede sentir la vibración de las máquinas que mantienen vivos a los edificios, se pueden ver miles de terminaciones diferentes, ladrillos, encofrados, cuerdas y cables, antenas. Se pueden escuchar las golondrinas al atardecer. Se puede pensar que en algún rincón se esconden gatos que esperan el anochecer para salir a su particular guerra escondidos tras las farolas. En verano, con camiseta de tirantes y pantalón corto se puede sentir el calor del sol y pensar en que, en verano,el cuerpo produce más melatonina, una hormona que nos pone de mejor humor y más predispuestos al erotismo y se puede pensar, entonces, en todo aquello que estará pasando detrás de las cortinas, detrás de las ventanas. Se podrá pensar que ese pequeño ruido no es sino la muestra de algún amor escondido. Un amor prohibido que se esconde entre gemidos al otro lado de alguna de esa paredes. Prohibido por lo deseado, por lo incorrecto. Y es que como bien afirman las estadísticas el 44% de la población de esta ciudad ha sido infiel en verano.
Ya se sabe, calor, melatonina, mucho calor, más tiempo libre y menos ropa.
Pero yo prefiero quedarme con la imagen del sol escondiéndose tras las siluetas de los edificios. Esperando ver en ese último segundo un rayo verde.
Por supuesto que es posible ver un rayo verde al ponerse el sol. Dicen que también con la luna o incluso con otros planetas. Es un fenómeno de fácil explicación. Pero no me voy a poner aquí a hablar de refracción, indices entre medios, etc, etc. Bastará decir que es un fenómeno que se produce a veces según el capricho de la naturaleza (o la conjunción de los parámetros ópticos de la Atmósfera entre el Sol y allí donde nos encontremos) Prefiero quedarme con la leyenda. Los rayos verdes sólo se ven a veces y dice la leyenda, más concretamente, que solo lo ven las personas que están enamoradas.
Leyenda o no, es "bosquiano", romántico al más puro estilo de Becker subir al tejado a buscar el rayo. O simplemente a descansar un ratito y olvidarme de todo después de un completo fin de semana.
Porque el domingo quiso ser un día de reflexión después de un fin de semana de emociones intensas. Yung se nos vuelve a Corea. Y David sobrevivió a su despedida. La boda es inminente. Y mientras me acuerdo de que hace más unos 10 años me despedí de Unix de igual forma y no la volví a ver, mientras me acuerdo de que hace también 10 años buscaba un rayo verde desde las playas de Mallorca; mientras me acuerdo que hace 10 horas escribimos un nuevo capítulo que marcará diferencia pensando en que hace más de 10 años, unos 15exactamente mi afición a la Astronomía me traía al mundo de los rayos verdes...
Y entonces el sol se oculta, las golondrinas gritan con más ahinco y la cena y el sofa me llaman desde unas plantas más abajo. Mis pasos se encaminan escalera abajo mientras alguno suspira aliviado de que sus pequeños pecados prohibidos siguen siendo un secreto bien guardado.
Un par de días más y hará 40 años que uno de los cohetes Saturno de Von Braum despegó de este planeta en dirección a la Luna para aterrizar allí 4 días después. Una gran hazaña que vista en retrospectiva fue el resultado del esfuerzo, las ganas, la ilusión y la temeridad. Los años posteriores demostraron que aún nos faltaba mucho para ser capaces de andar por el espacio como Pedro por su casa. Las misiones ostentosas de la NASA se convirtieron en proyectos de menor presupuesto, mayor cabeza y, en muchos casos, mejores resultados desde el punto de vista científico.
Pero como dijo el viejo Neil Armstrong, un pequeño paso para el hombre...
http://es.wikipedia.org/wiki/Apolo_11
La ilusión todo lo puede. Y detrás siempre están, como no, los medios, la planificación, el esfuerzo... Sin embargo, sin la ilusión no hay nada. Ya lo dice el refrán "The person who says it cannot be done should not interrupt the person doing it"
No podía dejar pasar la oportunidad de este post para mencionar aquel hecho histórico. A pesar del tiempo que ha pasado y del poco tiempo que ahora le puedo dedicar mi memoria no olvida, gracias a Dios, tantos buenos momentos a la luz de las estrellas. Pero no penséis mal. Hablo de recuerdos de veranos en épocas de estudiante en las que el telescopio, los choricillos y la buena compañía alargaban las noches. Luego vendrían el ordenador de seguimiento, los motores, las lentes más pontentes, los cursos, etc, etc...pero prefiero quedarme con la imagen de Yebes, de los parejes alejados de la contaminación lumínica de las ciudades y con aquellas fotos de la noche, de la buena compañía, como siempre, de las risas. Por eso no podía dejar de hacer una mención especial a una misión que, después de todo, 8 días después de despegar volvió a la Tierra.
Pero aquello, independientemente de lo rico o pobre del resultado fue un símbolo. Fue el símbolo del "querer es poder" El resultado del esfuerzo y la ilusión.
Y en eso quiero detenerme más. Porque en esta vida nada hay mejor que la ilusión.
Es difícil describir la ilusión. Muy difícil. Es difícil sentirla; pero cuando llega, cuando las cosas se viven asi, intensamente, entonces ¿qué más da poder o no describirla? Lo bueno es que todos la vivimos alguna vez. Sin saber muy bien como empezó. Y es que no hacen falta grandes cosas para ilusionarse. Si bien la ilusión es la fuente de cosas grandes.
Después del apoteósico post anterior, algo derrotista y fruto del cansanción, este es mucho más apoteósico. Y lo es porque habla en positivo de que por fin llegó el verano. Por fin, este fin de semana pasado, sin saber como ni por qué, el verano llegó. Si, porque no siempre el verano llega cuando la temperatura es la que tiene que ser. A veces nos embebemos en las obligaciones y los horarios y el tiempo se va. Y un día te das cuenta de que "la oportunidad se fue"
Por eso, a pesar de las circunstancias, esta pasada semana decidí retar a los horarios y salir antes de una reunión para tomar un avión, regresar a tiempo a Madrid y apurando kilómetros, llegar al festival de teatro de Almagro, un clásico anual al que no podía faltar. La adrenalina trae consigo mucha ilusión siempre. La duda de si llegaré a tiempo hasta el último momento y, finalmente, apagar el móvil, el portátil, los correos, apagarlo todo para darme a los placeres de la vida. Sol (como ninguno el de las tierras castellanas), el Patio de Fucares (un viejo conocido), una obra que un año más rompe moldes con su estilo provocador, guiados como estamos por el atrevimiento de nuestro guía en estos menesteres, comida, marcha, mojitos, cena...tantas cosas... El caso es que el tiempo se paró y la ilusión volvió con una actividad ya consolidada pero que gusta, que es atrevida y que sirve para cambiar los aires. La comida en Valdepeñas sorprendió además con un local extremadamente bueno, con su reservado, su vino afrutado, su comida, sus postres... Lo cierto es que me la compañía ayudó mucho, muchísimo. Porque renovó un viaje que es más que ir al teatro, es todo un evento, porque detrás de él hay ilusión.
Ahora vuelvo a trabajar pero con otra percepción. Porque ya es verano. Así que, a disfrutarlo. La playa a la vuelta de la esquina. Que ya despertaremos en Septiembre.
Se que llevo tiempo sin aparecer por aquí. Más aún, llevo tiempo sin poder dedicarlo a leer vuestros rincones cibernéticos. Llevo tiempo inmerso en un inmenso proceso de transformación o quizás debiera decir, un periodo de evolución. Siempre que la evolución se presenta en mi vida suele pasarme lo mismo. La actividad se vuelve frenética y me impide dedicarme a las pequeñas cosas. O quizás simplemente me haga olvidarme de ellas, dejándolas aparcadas en un rincón. No sé si cuando aplico esto a mis fugaces apariciones en este rincón debería tener en cuenta esas teorías que hablan de la vida media de un blog. Y puesto que no lo sé no lo voy a hacer. Si reconoceré, claro está, que en los últimos tiempos no me he sentido a gusto con el contenido, quizás debiera decir la superficialidad, de los post que escribía. Fruto, como no podía ser d eotra forma, de la falta de tiempo y del aquí te pillo aquí te mato.
Pero hoy es viernes. Mi avión está retrasado. Y escribo desde el aeropuerto de Bruselas. Es un momento, corto, pero adecuado para escribir, para reflexionar. Un alto en el camino, una parada que pasa desapercibida pues dentro de nada el tren tocará su silvato y la vida volverá a correr. Atrás quedan muchas cosas hoy. Y no sé si realmente quiero dejarlas atrás. Me llevo conmigo la lección. Más que una muchas lecciones que se aprenden yendo de aquí para allá. Todas juntas, casi sin tiempo para asimilarlas. Lecciones que me atropellan de forma deordenada mientras mis sentidos se ven envueltos en una borágine que por momentos se escapa de mi control. Pero la capacidad para dormir poco es una gran aliada. Será con los años el puñal que rasgue mi piel y abra mis heridas. Pero es demasiado tarde ya para cambiar ciertos hábitos. Y mucho más para romper con viejos dogmas, con antiguas prioridades. Con los viejos lemas y principios. Duerme cuando mueras.
Bruselas quedará atrás en unos minutos. Quedará atrás un proyecto, una ilusión, un grupo de personas, ideas, risas, tensiones...Llevaremos cada uno hacia delante una experiencia. Unas impresiones. Atrás quedan, lejamos en el tiempo, los primeros momentos de incertidumbre, la lucha por salir adelante, los lugares idílicos, aquellos rincones de un lugar llamado Meerle perdido en el norte de alguna pate, al sur de quien sabe donde. Atrás queda el invierno y la primavera de lluvia, de frío, de esperanza por ver salir el sol. Totalmente olvidados en estos días de sol, largos como la historia, marcados por la sombra de otros tiempos. Por la imagen oscura de los libros de bachiller. Un bachiller demasiado olvidado ya y nada comparable a las clases que día a día me acompañan. Los tiempos han cambiado. Las prioridades también. Supongo que igual que lo hicieron sin darme cuenta en los últimos más de 10 años en los que unos y otros fueron pasando por, llamémosle así, mis pupitres. Y los que faltan, pues me dejo llevar. Me dejo llevar por más que intento poner cota. Supongo que no se puede acotar el mar. Y todo se junta. El tiempo falta. Falta y se pierde. Y no da tiempo para nada. La forma no es la adecuada. El esfuerzo necesario se hace demasiado grande al finalizar el día. Y pasan los lunes durmiendo solo 3 horas. Consigues escribir un artículo. Y llegar a un curso. Aprendes a hablar en público, a atender a la prensa, visitas a clientes y defiendes nuevas propuestas. De nuevo pocas horas. Los días, incluso el más largo no da para nada. Te la juegas. Te la juegas en algo planeado hace semanas y no te juegas nada. Gastas esfuerzo, recursos, y todo sigue igual. No te sorprende que la vda sea así, que no se gana ni se pierda. Nada te sorprende ya. Y duermes menos. Haces kilómetros y visitas nuevos clientes. Y no sabes ya ni donde duermes. Tomas un avión. Te ries al pensar lo que cuestan los hoteles para las pocas horas que estás allí, las pocas horas que aprovechas. De nuevo a dormir menos. Y respondes más mails y hablas por teléfono. Y superas presentaciones, reuniones, firmas contratos, cierras el círculo. Y de repente todo te da igual Nada importa nada. Te quitas la corbata y vas en camiseta de manga corta a ver a un cliente. No contestas al teléfono. Y lo mejor de todo es que no pasa nada. Puedes vivir mucho tiempo de las rentas. De lo que fue y de lo que será. Es el pago de la sociedad. Y te pierdes del mundo y de repente estás en Salamanca. Hace muchos años desde la última vez que fui a Salamanca. Prefiero no recorrer los rincones de la ciudad. No tener un nuevo recuerdo de momentos idílicos, de encuentros pasionales, de noches de fiesta con amigos que formaban una identidad. Pero todo termina. Todo y nada queda ya. Por que los recuerdos recuerdos son. Y a veces son necesarios para alimentarnos, cuando tenemos hambre de todo y estamos saciados de nada. Suongo que podría reflexionar sobre el éxito y el fracaso, que podría reflexionar sobre el por qué si o por qué no de las cosas. Sobre el por qué hacemos lo que hacemos, sobre las expectativas de cada cosa. Pero no merece la pena. Con los años he aprendido a dejarme llevar por el sexto sentido, ese que como hombre no tengo. He aprendido a entener los pensajes que el sol y la luna dan cada día al amanecer o al atardecer. Y en función de eso no creo en las limitaciones. Y tomo el camino adecuado. El que creo más correcto. Porque sólo haciedo eso puede uno estar en paz consigo mismo. No ya con la conciencia, que también, sino con la incertidumbre, las inquietudes, los miedos y seguridades. Y eso me hace estar feliz, muy feliz, a pesar de todo. Porque esta vida es una carrera de fondo. Y no podemos esperar respuestas y resultados inmediatos a todo lo que hacemos. Es algo que aprendí en tantos años. En el trabajo, en la vida, en el mundo. Me da la risa. Me da la risa porque tengo la sensación de que hablo como un abuelo de 60 a punto de jubilarse, haciendo balance de lo bueno malo, como si fuera la noche de fin de año. No me gusta el fin de año. Me quedo con el verano, con el mar. Me quedo con las ganas de vivir. Me quedo con unas banderas. Un punto de encuentro donde ondean al viento observándolo todo como fiel testigo de lo que fue y de lo que será, de lo que por allí pasará con los años. Me quedo con el sol ocultándose tras las banderas, con el atardecer, con una calle y un rincón románico y gótico. Me quedo con unos sms, con unos telefonazos, me quedo con lo que el destino quiera que sea. Me quedo con la vida. La vida que viene de la mano de un fantasma que quiere aparecerse en una carretera. Es tiempo de volver atrás 500 años, no ya como parte de un tercio y mucho menos en Flandes. No tengo nagas de más Rocroi. Se trata de volver atrás todo ese tiempo embrujado por el teatro clásico, por Lope y sus Gatomaquias, todo eso ya vendrá. Playa tranquila y nada más. Y en algún momento Panamá, digo yo, quien sabe. Como dijo alguien la vida sigue, un año más.
La canción la eligió el destino. Con el coche al amanecer. Espero que haga más ameno esta lectura que hoy creo reusltará especialmente densa y poco comprensible. Es lo que tiene estar desconectado prácticamente un mes y que el avión se retrase dando tiempo para poder contestar. Y aún tengo que recoger el chaqué. ¡Por que la boda es máñana! Pero no os asustéis; no es la mía, por mucho que quien yo me sé eche de menos un evento así aún endrá que esperar. Avisan de que vamos a embarcar. Son las nueve de la mañana. Llego tarde a Madrid. No cumpliré con la apretada agenda. Mejor. Así tampoco importará que ni siquiera me haya puesto una camisa. A ver si duermo en el avión...y recupero la normalidad.
Si algo me gusta de una noche cualquiera de primavera, aunque sea de domingo, es que con el coche por la carretera vacía y con las ventanillas abiertas la música te permite volar por encima de la calzada, flotar en el espacio infinito y disfrutar del momento en el que el tiempo se detiene drogado por el aroma de las flores de azahar.
El resto da igual, independientemente de que el lunes haya que tomar de nuevo un avión o que no encuentre tiempo para montar en bicicleta.
Como un cometa de luz allá lejos en el espacio sideral ajeno al mundo atravieso el tiempo con esa sensación de poder volar hacia delante y hacia atrás en el tiempo sin darme cuenta de que el tiempo no vuelve. Cuando el tiempo no deja un segundo libre la escalera se vuelve de caracol y al llegar arriba descubres que vuelves a estar abajo en un día de la marmota sin fin. En cada escalón buscas nuevas actividades, nuevas justificaciones, nuevas iniciativas, todas ellas orientadas a seguir luchando, a la superación, al esfuerzo, a probar cosas nuevas. Y de repente en uno de ellos das un traspies. Nada raro, nada grave. Pero te permite mirar abajo; mirar arriba; también a los lados. Y respirar. Y ver el bosque, los árboles, las hojas, los miles de colores de la primavera; sentir la alergia. Llorar de alegría y dejar que el ímpetu siga empujando. Para poder hacer alguna locura. El tiempo sigue pasando. Pero las locuras parecn darle sentido. Y es que el tiempo se va. Y todo es tan relativo.
Amberes deja atrás el invierno para dar paso a los tonos verdes de las hojas. El sonido de la noche no me deja dormir. Y el teléfono se conviete en esperanza. Un viaje planificado apura el valor necesario que queda en un corazón que late fuerte jugando a ser feliz.
Y de rpeente, todo se para. El domingo deja una tarde de música y soledad. Una sobremesa de tranqulidad en la que el minutero, a pesar de su esfuerzo, no es capaz de dar un solo paso más. Y deja tiempo para que el blog levante de su letargo, para que se empieze a hablar del próximo Enjoy y para que, una vez más, el solo salga y se oculte como siempre, entre los rayos de una tormenta cuando mis ojos buscan la luna que se oclulta en algún lugar del cielo escondida tras edificios, árboles o, quizás y más seguramente, escondida detrás de los sueños.
Me quedo en Madrid este primero de més. Hay que descansar para superar el agotamiento. La ciudad está medio parada entre los que se han ido a la playa y los que duermen la siesta preparándose para el partido de esta noche. Más tarde será otra cosa cuando las emociones estén a flor de piel. Es lo que tiene el deporte nacional que tanto importa en este país. Entre tanto el fin de semana pasado queda ya en el recuerdo. Amberes una vez más me ha robado el tiempo y la semana se pasó tan deprisa de una cosa a la otra que ni siquiera he tenido tiempo de pensar que estaba cansado. Así que ahora voy a romper con todo y salir a recorrer mundo. Aunque sea por unas horas, aprovechando que la ciudad está descuidada en otras cosas. Quiero perderme en los recuerdos de la guitarra y los tambores que supusieron un paréntesis en Amberes. Las sesiones de trabajo son apretadas pero debo reconocer que el rincón elegido es especial. El bosque nos rodea y la presión hace que cuando llega la noche, nos juntemos como uenos amigos a charlar y, como no, expontáneamente cantar, tocar...Mis dedos son ya muy mayores para hacer uso del organo. Me da vergüenza estando junto a manos de artistas. Una guitarra alemana, unos tambores belgas y la voz hispana. La noche, una vez más, echada. Y es que hay que quedarse con esos pequeños detalles para tener buenos recuerdos. Para sonreir siempre.
El mucho más lo pone una cena con los viejos y buenos amigos ayer en casa. Pocas palabras. Muchas sensaciones. Una peli que no se llega a proyectar. Y secretos, como siempre, muchos secretos. Me encantan los secretos.
Y de nuevo, el tiempo pasa. Aún queda un fin de semana más. Y Amberes volverá como una foto encima del escritorio a la que ver cada mañana.
Felicidades a los feriantes. http://www.goear.com/listen/81bf7fd/Una-Sirena-en-Bruselas-(Julián-Hernández).-Patacho
Mientras ultimo presentaciones y reuniones antes de que la semana se me vuelva a escapar y me encuentre de nuevo en un avión camino de Amberes cada vez que me giro a drecha o izquierda o me acerco a cualquier sitio siento ese dolor intenso, apacible y - si, seré algo masoquista, que le voy a hacer - agradable de haber sobrepasado el límite físico puntualmente. Y es que ayer domingo me volví a dejar engañar. Voluntariamente, claro, pero engañado a fin de cuentas. Y es que apesar de los miedos climáticos del sábado noche, el domingo impulsado por algún espíritu alocado me encontré caminando por las cumbres.
Lo de caminar es un decir. Supongo que se podría aplicar en el caso de ser una cabra. Pero me temo que no es el caso. Supongo que cuando alguien te habla del callejón del miedo debe referirse a algún sitio donde no resulta muy fácil trepar. Más cuando te dicen que mejor usamos arneses, cuerdas, friends y un sinfin de términos técnicos (cultura general, supongo).
Mirando hacia atrás recien pasada mi primera experiencia climbing (bueno, algún químico en el pasado no cuenta) no quiero quedarme con los vacios justo debajo de mí - no hay vértigo afortunadamente -, ni con sentirme atascado en alguna grieta - no hay claustrofobia tampoco y había experiencia de cañones - ni con los arañazos. Pero si que me quedo, porque me sorprendió, con las agujetas que se producen, más que nda, por la tensión en las piernas de bailarina fruto de la tensión de ciertos momentos en los que dices, francamente, no sé donde voy a poner la siguiente mano o el siguiente pié... Me quedo también con el teatro. Y es que cuando la compañía es buena, estos momentos dan mucho juego para el teatro y la posterior conversación con los que no pudieron venir. Victimas y verdugos de este engaño del que además de víctima me considero al menos cómplice.
Ideas, sustancias químicas, pequeñas partículas que corren por la mente humana a velocidades de vértigo. Sensaciones. Milagro de la física que nos define como humanos. Muestra palpable del alma etérea que todos llevamos dentro. Recuerdos. ¿imágenes de lo que fué, ideas que nos quedan o puras sensaciones?
Un ciclo de luna. Desde que comienza a menguar a mediados de Marzo hasta que vuelve a brillar en todo lo alto de una noche estrellada a mediados de Abril.
La antigua capital de los Flandes Españoles se muestra discreta a un viajero fortuito que se ve envuelto en algo en lo que no está seguro que quiera participar. Mientras las sesiones de trabajo no dejan tiempo para pensar, la mente, juguetona al fin, se entretiene vagando por el paisaje, bosque blanquicino que por azar mezcla tonos verdes y marrones ante la luz que por primera vez cubre el lugar. no será el pirmer viaje. tampoco el úlitmo. El tiempo pasa. Y la imagen de aquel bosque recorre las terminaciones nerviosas despertando sensaciones de tranqulidad, como si el tiempo no pasara. Como si cada segundo se detuviera para luego volver a arrancar. El orgullo cae y en el fondo da igual porque lo que realmente aprecia la mente esta vez son los tonos de los árboles. Los susurros del viento jugando con las hojas en el bosque. Un paisaje de luna nueva bien distinto del desierto Almeriense de la luna nueva. Un elemento común a ambos lugares. La desidia que la mente percibe en ellos. Un desierto protegido lleno de pitas que se mezclan con el terreno al borde del mar brillante. Ese mar que me engulle hacia sus profundidades en un cabo perdido en cualquier rincón del litoral protegido. Cabo de Gata esconde en sus calas hippies de verdad que se mezclan con otros de pacotilla. Esconde en sus curvas caminos a pueblos que guardan secretos de otros tiempos y, sólo por esta vez, guarda los secretos de unos amigos que, como no, juegan.
Se terminan estas vacaciones. Se termina un mes de muchos viajes, de trabajo culminado con relax. El tiempo así lo quiere. Mañana, de nuevo la realidad.
Hace años, allá por los 90, cuando empezaba a quedar atrás la niñez del coche fantástico, el equipo A y V, cuando la pluralidad de la TV nos trajo a las "Mamma Chicho", apareció un programa de TV, no sé si con éxito o sin él, que buscaba en el pasado de quien después de saltar al estrellato había vuelto al olvido. En aquellos tiempos tan distintos a los de ahora este tipo de movimientos resultaban más extraños. Hoy en día, por el contrario, este mundo parece una montaña rusa.
En los 90 bastaba con ver Sensación de Vivir para estar a la moda. Escuchabas Saturday Night o Ritmo de la Noche y te dejabas llevar. Supongo que eramos modernos. Al menos modernos a nuestro estilo, claro está, puesto que cada cual tiene su propia manera de vivir su presente y la modernidad es distinta para cada.
Se terminaba la movida en Madrid. Y las hoy restauradas calles del centro, El Dos de Mayo, La Palma, mostraban los restos donde, una veces morían genios, hagamos memoria de Los Secretos, o se forjaban mitos, no dejemos de recordar a Amenabar y su Tesis.
Todo eso quedó atrás. Supongo que muy atrás. Pero no nos damos cuenta. No somos conscientes, o no lo soy al menos yo, de que el tiempo pasa. Al menos hasta un momento determinado.
En estos días hay poco tiempo, nulo más bien, para la tv en mi caso. Por eso resulta difícil prestar más atención que la de un mero "Stand By" a una pantalla tonta que suena en algún rincón de la casa. Pero sin saber cómo ni por qué, de repente un día caes enganchado de algo. Por tonto que sea. Eso ocurrió hace dos semanas, cuando mi siempre querido Sobera apareció de repente en un flash back competitivo entre los 70 de mi niñez y los 90 de mi adolescencia. http://www.losmejoresaños.com/ Supongo que me gustó simplemente porque me hizo darme cuenta de que ya dejé paso a una nueva generación que ocupa el puesto de "modernos en la cresta" Los modernos de veinte en los 90 ya hemos cambiado de vida. Padres de familia, fines de semana tranquilos, dos o tres días de recuperación para una juerguecita... Y es así por mucho que algunos de nosotros nos enperremos en seguir siendo extremadamente jóvenes para siempre.
Las cosas nunca vienen solas y esta última semana el flash back fue entero al recordar momentos y gentes de los ochenta en una cena muy especial. Y más aún al ver en el facebook la foto de alguien que hacía casi 20 años que no veía. ¡Simplemente me quedé en estado de shock!
Alguno seguro que alega aquello de que estamos en la mejor edad, de que la vida es una cuestión de actitud. Es verdad, lo compro todo, pero aún así mantengo lo de "los modernos en la cresta" porque la inocencia y la fuerza de esa edad se ve mitigada con el paso del tiempo. Se puede tirar con igual fuerza pero se ven las cosas de otra forma. Se es, digámoslo así, menos impulsivo.
Una reflexión de viernes que quería compartir, nada más, disfrutando de las últimas horas de buen tiempo. La playa está caada día más cerca.
Mis disculpas. Entre el trabajo, el poco dormir y este buen tiempo que nos acompaña, he tenido siempre algo que ocupaba mi tiempo impidiéndome actualizar la pasada semana.
Una semana especialmente intensa pero carente de una especial intensidad. Si, suena incongruente, pero no lo es. Uno busca cierta intensidad a veces, una intensidad especial y sin embargo se encuentra inmerso en un sin fin de actividades, muy intensas pero no especiales.
Supongo que muchos de los días de la semana pasada en Madrid fueron así. Unas veces por estar fuera y otras por no ser capaz de salir hacen que los días de sol pasen desapercibidos a veces. Pero siempre llega un momento en que la cosa cambia. En que puedes salir a caminar por la calle y disfrutar del día y sentir, por vez primera en este 2009 el sol en la cara. La melanina haciendo de las suyas. Simplemente me encanta. De repente se abre la puerta a puentes, vacaciones y otros eventos que, si bien quedan en la distancia aún, se muestran mucho más cercanos.
Es tiempo de descuento para el invierno. Y ya no le queremos.
Así que bailemos como posesos, giremos sobre nosotros mismos al son de la música entrando en éxtasis para recibir a la primavera que nos visita en 6 días. Saltemos, comencemos a quitarnos toda esa ropa del invierno y dejemos que el sol caliente nuestra piel. Saltemos de nuevo. Perdamos la respiración y acabemos jadeantes como locos, como niños que pierden el juicio. Corramos todo lo rápido que podamos, subamos a las montañas a asustar a la nieve, disfrutemos del agua del deshielo, dejemos que la vista halague a aquello que vemos, dejemos que la luz nos ciegue.
Es tiempo de primavera. Y ya se sabe, dejad que la sangre se altere, que suba la bilirubina, etc, etc, etc. No perdamos el control a lo Historias del Kronen, ni siquiera a lo Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios... Pero aprovechemos para hacer alguna locura. De esas que se hacen mientras se guiña un ojo al destino.
Se escuchaban ayer por la noche en un local cerca de unas terrazas en las afueras de Madrid las opiniones vertidas por una guapa dama. Ella sostenía, escuchada con atención el ¿chocante? titular de este post. Quizás es el tipo de cosas que nunca se piensan. Pero de alguna forma estoy de acuerdo. Toda mujer, supongo que todo ser humano, espera que le hagan sentir especial. Se hablaba del miedo. De como no queremos jugárnosla hoy. De como todo se reduce a esconder la mano que tiro no ya la piedra si no la china para llamar la atención. Ella reviindicaba el valor de aquel que se la juega y apuesta, que incluso disfruta con el riesgo, por aquella persona que despierta su, digamoslo así, atención.
Francamente, me encanta el riesgo. Y más en primavera. Vamonos de vacaciones, por favor. La playa espera.
Dos semanas muy duras sin horarios de ningún tipo tienen como premio este martes de lluvia. Dos semanas es lo que ha durado esta montaña rusa. Lo bueno de estas atracciones es que no duran mucho. Supongo que no podrian durar más sin correr el riesgo de morir en el interno. Lo malo es que cuando uno es masoquista al terminar se vuelve a poner en la cola y si, como es este caso, no hay cola, se convierte en un sin parar de subir y bajar, de expectación en la lenta subida, emociones fuertes en la caida, ilusión en la remontada y, como no, cierta decepción al llegar al final.
Pero no me puedo quedar. Después de todo este último fin de semana volví a ratios normales de horas de sueño / horas del día. Claro que lo que considero normales suele ser bajo...pero aún así todo parece volver a la normalidad.
Es curioso que a pesar de la lluvia espero con ilusión. No sé muy bien qué. Por un lado si, el corto plazo, la maravillosa tertulia que hay preparada para este viernes al más puro estilo Iker Jiménez. Las largas jornadas laborales que últimamente disfruto no tengo aún muy claro por qué. La lectura de mi querido sueco Stier Larsson (si, a pesar de ser bestseller, lo recomiendo) o una comida y kick off de los preparativos para el próximo enjoy. Todo eso a pesar de que aún no huele a primavera en las calles. ¡Ay, como lo echo en falta!
Lo que pasa es que me fijo en el medio plazo y se ve borroso. Al medio plazo solo le pido unas pequeñas vacaciones, más tomatitos cherries (que me he vuelto adicto) y, mira por donde, que alguien baile conmigo.
domingo, febrero 22, 2009
En voz baja. En voz baja se dicen cosas, muchas cosas, las cosas más importantes.
A veces se dicen cosas intimas. A veces se dicen cosas que no se sienten, sino que simplemente se dicen. A veces se susurran cosas que da miedo decir. A veces se da la llave de los sentimientos y del corazón.
Para eso supongo que hay que tener corazón.
Y en alta voz se dicen muchas más cosas. se dice aquello que sale de la boca sin pensar. En voz alta se rie, se baila. Se dicen y se hacen también cosas bonitas. Pero no se perciben igual de íntimas. Igual de agradables. No parecen salirnos de dentro.
Suponiendo que haya un "dentro"
Es domingo por la tarde, un domingo de invierno que torna a su fin. Sigue habiendo frio pero pasan ya de las seis y aún el sol entra por mi ventana. Y en momentos puntuales se puede pasear por la ciudad sintiendo la piel caliente bombardeada por los rayos del sol. Solamente momentos fugaces. Pero momentos que nos animan porque los días largos están a la vuelta de la esquina.
¿Qué puedo decir? Se me acumula trabajo en varios frentes. Pero estoy contento porque todo huele a reto. Duermo poco. Muy poco, en parte porque no paro de una en otra, en parte porque no sirvo para estar tanto tiempo en la cama ¿o sí? Dice alguien que me conoce que tengo que rebajar el ritmo para asentar cabeza. Y simpere que lo dice me pregunto si podré asentar cabeza alguna vez. Si querré.
Una semana junto al mar sin siquiera verlo apenas desde el avión. Cenas y comidas compartiendo mesa con vidas distintas que no son capaces de descubrir lo que se esconde en aquel que se sienta enfrente.
Casas grandes, muy grandes, con familias típicas americanas con tres hijos y una madre que viaja por trabajo a la vieja Europa descubriendose inocente, descubriendo muy buen fondo mientras en la noche de los tiempos encuentra por sorpresa pequeños placeres inocentes, comidas, cenas, pescados, frutas, infusiones y pacharán. A su lado la más dispuesta, aquella que en su juventud visitó este país de regalos de cumpleaños. Aquella cuyo fondo menos inocente no se puede ocultar tras una sonrisa y unas gafas. Entre ellas caras más sinceras, gentes menos miradas, inglesas y belgas y el elemento políticamente incorrecto, nexo de todos ellos, esta vez en forma de pendiente sueco en la oreja izquierda.
Mientras asisto a estos juegos mi mente lucha consigo misma porque quiero irme al norte de la ciudad, quiero escapar, quiero arriesgar y dejarme llevar por el placer. Quiero perderme en la pasión. Y en ocasiones lo hago. La semana es como un sueño; un sueño que se construye de la noche a la mañana, algo grande, que se desvanece dando paso al sueño de otros. Miles de personas que van y vienen, que entran y salen, que hablan, rien, y todos como individuos parte de un mismo todo. Luces, colores, juegos, más juegos...pasión, puestas a tierra, más pasión. Cubitos de hielo. Frío, brisa, mar. Críticas de un conductor, cenas especiales, palabras en otros idiomas, juegos de palabras.
Y mi mente, entretanto, pensando en los tomatitos cherry.
¿Cuándo te das cuenta? Estas hablando, picando algo, charlando distraidamente, riendo... Ni siquieras tienes muy claro lo que pruebas; es más bien un acto social. Y de repente algo explota en tu boca.
Ha sido un tomatito cherry.
Si, estaba cocido, algo pasado, pero en su justa medida y al morder, zas! Ha inundado tu boca de color. Rojo, supongo. No es fácil mirar dentro de la boca y menos delante de tanta gente. Pero lo sabes. sabes que el rojo líquido ha inundado tu boca.
Y como en un anuncio del último producto del supermercado tu vida cambia.
De repente aunque es febrero, aún es invierno y hace frío, los dos grados que ha subido la temperatura se notan como si fueran 20. Es lo que tienen las fiestas. Que así empiezan.
Lo confieso. Llevo sin dormir más de 5 horas desde el miercoles pasado y la media no creo que llegue a las 4 horas. Hoy voy a dormir 7...no me lo creo... Es la dura vida de trabajo y vida social y ambos a veces mezclado de los últimos meses. Clientes, presentaciones, encuentros, cenas, comidas, copas... Y en medio de todo aquello algunos tomates. No, no de los de los calcetines. No, tomates de esos de la fruteria, jugosos, muy rojos. Y es que el tomate es muy bueno para la salud. Abundancia de tomates en las cenas de esta semana fuera.
Pero, ¡que le vamos a hacer!, estos tomates tienen poco de especial. Son eso, simplemente tomates. Pero, ¡ay donde está el tomatito cherry! ¡donde quedó aquel que me sorprendió tan por sorpresa en la cena del sábado! Y seguimos buscando.
Supongo que no puedo negar que me molan los tomates.
La mente necesita ciertas drogas que le inspiren tranquilidad. No me entendáis mal. Ya sabéis de qué drogas hablo. De esas intangibles que nos dan los momentos, las personas, esas que se reflejan en sensaciones. Es cierto que a veces las drogas no son suficientes. O quizás resulta que nos acostumbramos a ellas y pierden su efecto. O simplemente tenemos el dudoso placer de tener mentes tan inquietas que necesitan cada vez dosis más fuertes, también dosis nuevas.
Cuando uno no tiene su dosis la mente se agita; El cuerpo se tensa; La piel pica; Los nervios extreman su sensibilidad. Acabamos viéndonos en un rincón jugando con las espinas de una rosa que encontráramos por casualidad.
Supongo que así son las cosas a veces. Porque hay un momento en el que jugar con espinas se torna aburrido. Y salir a la calle da pereza porque hace frío. Y escuchar la música no aporta nada nuevo, ni siquiera sensaciones. Es la desidia.
Siendo honesto no sé bien como se llega hasta ahí. Pero no hay nada peor que estar de vuelta de todo. Porque se pierde la ilusión por las cosas nuevas. Se pierde todo y se tiene nada.
Por eso es importante estar atentos. Porque ante cualquier sospecha de desidia no hay más que ser fiel a la máxima, casi un principio: "CARPE DIEM"
Y es que el tiempo no nos lo devuelve nadie. No podemos dejar que nadie nos lo robe.
A veces es necesario decirnos a nosotros mismos estas cosas para luego escucharnos con atención. Que son tantos los momentos en los que nos movemos con nuestras máscaras sociales que llegamos a creernoslas. Y dejamos de ser nosotros mismos.
Al hilo del post de la semana pasada me comenta facebook, que de esto parece saber mucho, que si hay una canción que me pueda caracterizar esta es "The Great Escape"
(si, David, aquí está el enlace a la canción :-)
Supongo que será por aquello de la letra, nunca mejor aplicada a eso de escapar, de encontrar un destino, un camino, un sendero, un lugar. O más o menos o al menos tomándola según nos interesa que para estas cosas es mejor siempre adoptar la visión del vidente. Ya se sabe, 100 veces creeré ver a un espectro pero nunca pasará nada. Una de las veces que lo crea ocurrirá una desgracia y entonces habrá sido una premonición
Bromas aparte, simplemente me ha hecho gracia. Y lo ha hecho en un fin de semana un tanto aburrido, de esos de a ver si se termina ya el mal tiempo y sin embargo no deja de nevar. De verdad, se trata nada más de que aparezca el sol, nada de subidas bruscas de la temperatura. Mi melanina lo necesita. Mi piel...
Porque ya va siendo hora, de verdad. Hora de poder salir a la calle menos abrigado, de poder hacer deporte al aire libre sin que las manos se tornen rojas, de poder olvidar si va a llover o no...
Supongo que alguno de los lectores que me acompañó este fin de semana habría esperado algún comentario más...no sé, más críptico, más lleno de contenido, una de esas elucubraciones que nadie entiende pero la verdad es que de momento prefiero no hablar del destino, de lo que vendrá, de lo que deparará las próximas semanas. No me interesa. Carpe Diem. Esta vez más que nunca.
Pero...bueno, vale, no me puedo contener...solo un comentario. Encontrar la felicidad en los pequeños detalles por tontos que sean es necesario y bonito. Sin embargo en otros momentos es peligroso porque queremos fijarnos en detalles que no estamos seguros del todo de que nos hagan felices. Hasta el punto de que cuando tenemos que decidir no sabemos por donde tirar. Supongo que los dioses griegos o egipcios tendrían estas cosas más claras. O, más aún, los romanos que hacían gala de su existencia de una forma mucho más superficial, sin entrar en debates filosóficos. Por eso hoy prefiero sentirme romano. Un romano totalmente superficial.
Como almas en pena que desconocen su sino nos movemos por este mundo en días oscuros como hoy, en pleno invierno.
Como zombies vivimos lo cotidiano, el camino al trabajo, el atasco, las prisas, el correr a cumplir con una y otra obligación. Zombies empujados por un hechizo en contra de nuestra propia naturaleza.
Como vampiros presa de su maldición nos atenemos el fin de semana a los estereotipos y dejamos que los vicios llenen, como sangre chupada de nuestras víctimas, nuestros cuerpos cargándolos de fuerza para volver a ser zombies al día siguiente; convirtiéndonos en víctimas de nosotros mismos.
Como presos de una bruja en una jaula tras los barrotes pasamos los días.
¿Quién se atreve a vivir abiertamente sin esconderse detrás de una mascara? Aún es pronto para que el carnaval nos traiga su fiesta pagana. Sexo, placer, desenfreno y mucho más en la caída de los valores, de la moral, de todo lo bueno y lo malo a un simple placer por el placer, vivir por vivir. La simpleza que nos da la vida.
Pero un día al despertar descubres que la droga ya no produce el efecto esperado y que la resaca pesa mucho sobre la mente de cuerpos, supongo, ya no tan fuertes y un poco más depauperados.
Ese día descubres que necesitas un bastón para apoyarte, un hombro en el que llorar, un oido al que susurrar, una sonrisa a la que mirar, un motivo por el que reir. Ese día descubres que ya no quieres hacer lo de siempre. Que quieres romper. Que quieres luchar.
O quizás también que quieres morir.
Y ese día como si fueras un héroe te atreves a salir a la calle y dejar el pasado atrás. Romper las cadenas, el trabajo, los comportamientos sociales, la hipocresía. Ese día, en medio de una fiesta te quitas tu máscara real ocultándote bajo una máscara de carnaval al más puro estilo Eyes Wide Shut.
Y una vez en la calle gritas. Porque sientes que hay que gritar. Porque el cerebro se excita al sentir al corazón acelerarse; porque la vida se te escapa en cada salto que pegas. Porque echas a correr. Corres sin parar, sin destino, sin lugar hacia el que ir; un acto reflejo. Y gritas de nuevo como única vía de escape frente a la desesperación
En ese momento solo te salva mirar al frente, falto de aire y ver, allí, en el horizonte, una pequeña llama. Una vela que a veces te mira, a veces se rie de ti. Una vela que no se apaga con el viento.
En ese momento sabes porqué corrías, porqué gritabas y porqué te dejabas llevar. Un motivo para continuar en el camino. Para seguir.
Y mientras unos corren en busca de su llama, otros se quedan. Los poseedores de más suerte, simplemente víctimas de su estado zombie dejandose llevar, una vez más, sin saber porqué. Simplemente chupandose la sangre dia a día. Los más infelices descubriendo como otros siguen a su llama y ellos no tienen llama a la que perseguir.
A ver si llega ya la primavera y vuelven a florecer las plantas del jardín. Para poder despertar en algún lugar a la orilla del mar; un lugar un tanto decrépito, colonial, en el que amanecer bajo el sol en short y camiseta. Un lugar en el que olvidar a los zombies, a los vampiros y a las máscaras del día a día. Un lugar en el que amanecer contigo.
Hay cosas que no se aprenden. O mejor dicho, aunque se aprendan, no se asimilan.
En el colegio y en el instituto siempre nos han enseñado materias, llamémoslas objetivas. La historia es como es (a pesar de las emocionantes visiones un tanto subjetivas de algún profesor), las matemáticas son exactas, la física y la química son muy apasionantes pero eminentemente pragmáticas...
En el colegio también aprendemos otras cosas. Gymnasia, ética, religión en algunos casos. Asignaturas todas ellas algo politizadas o devaluadas que sin embargo tienen un extraordinario valor en la formación de las personas. Asignaturas que por otro lado considero escasas.
Y es que hay un "algo" que nos convierte a cada uno en lo que somos independientemente de lo que estudiemos. Así unos se comportan refugiándose en su mundo particular, otros son más extrovertidos; algunos son más inocentes o más espabilados, algunos prefieren estar siempre al frente, otros pasar desapercibidos. Elementos todos ellos que van más allá de cosas tales como el sexo o la religión pero que se marcan claramente cuando se habla de estos temas y que dependen de habilidades que se desarrollan con tantos y tantos ejercicios y actividades: deporte, teatro, expresión corporal...todo ello por supuesto bajo el manto inequívoco de la familia, elemento fundamental en todo esto. Y entiendo aquí familia como nuestro entorno de padres, hermanos, amigos, profesores, vecinos, etc. Porque cada uno de ellos influye a su manera, poco o mucho, en cada uno de nosotros.
Todas estas influencias, además, no terminan como las matemáticas o la historia en la época escolar sino que nos acompañan en cada momento de nuestra vida.
Es curioso como no nos damos muchas veces cuenta de todo esto. Supongo que los sistemas están pensados para que nadie se de cuenta. Porque es un arma extraordinaria. Un arma perfecta. Si todo lo que hicieramos, dijésemos, etc, estuviera pensado de acuerdo a esa visión del cómo vamos a influenciar a nuestro entorno y todo lo que interacciona con nosotros lo vemos como posible influencia, en tal caso, una de dos: o nos volvemos locos o desarrollamos unas capacidades sociales increibles.
Supongo que esa es la virtud, o parte de la virtud de un líder. Aunque hay muchas más.
Una disertación un tanto atípica para este foro, lo sé. Una disertación por otro lado muy incompleta pero que me vino a la cabeza mientras leía el periódico viendo a Obama cambiar la historia.
Y es que todos y cada uno de nosotros tiene el poder de cambiar la historia. Pero la mayoría no es consciente de ello.
No es que me haya dado por retomar lecturas del Duque de Rivas si bien siempre es agradable recordar la qu fue una de mis primeras interpretaciones sobre un escenario.
Ahora que el temporal remite y antes de que vuelva (que seguro que nos toca), nos enfrentamos al primer lunes después del periodo navideño, de nuevo semanas sin días festivos, carga total en la oficina, niños al colegio, obligaciones, actividades, etc, etc, etc. Ahora, el sol nos hace un guiño en esta mañana de lunes indicándonos que los días cada vez son más largos (si, ya sé que esta mañana al levantarnos no había amanecido y habia un frío de narices); y que la primavera, esta ahí (si, a dos meses, ya lo sé) pero llegando, lenta y segura.
Y es que en medio de tanta crisis, las almas positivas nos damos cuenta de repente que después de un año que parecía positivo y que fue par y bisiesto (toma, para los supersticiosos) nos llega un 2009 donde el destino de nuevo llamará a nuestra puerta. Y solo tenemos que encontrar el camino más adecuado para recorrerlo.
En esta mañana de lunes quiero hablar de "Die Welle", La Ola para los neófitos en la lengua germana. Una peli que recomiendo ver. Muchos temas a tratar como consecuencia de la misma. Por un lado la facilidad de manipulación sobre las masas (si, todos, aunque digamos que vamos por libre, somos parte de la masa). Aunque no sea tan fácil como a unos niños, es fácil si damos la esperanza que la gente busca. Si damos aquello que se pide. Un mensaje, algo fácil, simplemente esperanza. Por otro, la divergencia entre la individualidad y la colectividad. Cuando no somos capaces de encontrar nuestra identidad como individuos y la encontramos en un grupo somos carne de cañón. Porque romperemos todas las reglas por el grupo Finalmente, la difícil tarea de un profesor, donde se mezclan las obligaciones y el buen hacer con los propios miedos y temores o simplemente con la propia personalidad. Una tarea donde la acción más simple puede marcar a individuos al no estar personalizada puesto que la tarea del profesor se aplica a la clase, al colectivo, al grupo.
En fin, vamonos ya con los juegos de invierno. Enjoy!
Una vez más terminan las fiestas. Siempre es un momento triste el final de las fiestas aunque muchos lo esperen con ansia. Triste porque se vuelve a trabajar, al ritmo habitual, porque estamos de lleno en el invierno. Porque se acabaron los momentos para ver a buenos amigos.
Pero pasa pronto. Pasa pronto porque enseguida nos damos cuenta de que los días son más largos. Los temporales son cada vez más escasos. Y cada vez se acercan más los divertidos planes de primavera. ¡que la primavera está a la vuelta de la esquina!
Así que mientras me preparo para el retorno laboral, mientras continuo en la árdua tarea de intentar adapatarme al mercado de la oferta y la demanda, os animo a que continuéis disfrutando de los regalos de reyes. Porque el 2009 guarda regalos mejores. Y están a la vuelta de la esquina.
Lo tengo claro. No sé en que año será, no sé cuando. Pero si muero de forma natural víctima de alguna enfermedad, estoy seguro que mi cuerpo decidirá apagarse en Invierno.
Y lo sé porque ahora que los días se empiezan a alargar (si, aunque no os déis cuenta), ahora que empiezo a ver a lo lejos la buena temperatura y a añorar sentir las ganas de hacer muchas cosas, ahora me llevan los demonios cuando al salir a la calle aún hay frío, cuando hay días que siento como mi alma dice que igual es mejor quedarse en casa a ver una peli tranquilamente, cuando mis músculos se cansan de ir y venir de accá para allá; ahora que estos días me recuerdan la soledad me gusta soltar amarras.
No me gustan nada las tardes de domingo que huelen a fin de nada y comienzo de menos. Menos con este frío. Así que seguro que será así.